VIOLINES DE TRES CUERDAS

¿A quién no le gustaría haber sido maestro de un gran teólogo y más si un día llega a ser Papa, o entrenador de un atleta mundialmente famoso, o, como San Juan de Ávila, mentor de santos renovadores, o formador de un político influyente? El optar por trabajar en los sectores más olvidados o marginados de la sociedad no ofrece muchas posibilidades de tales éxitos.

Me propuse hace un tiempo buscar medios para que los adolescentes de estos pueblos, un tanto alejados del progreso de la gran ciudad, no cayeran en el mercado de trabajo en edades prematuras o se convirtieran en niñas o jóvenes solicitadas por la industria turística. Pero con demasiada frecuencia abandonan la escuela o colegio en su segundo o tercer año de estudios de enseñanza media. De primera impresión es decepcionante. Nos quedamos con aquellos cuyo cociente de inteligencia no pasa de una medianía. Cuando se da un caso de  talento excepcional, sus capacidades intelectuales o artísticas llevarán a dicha persona a otros pastos y el pueblo donde nació y creció ya no se beneficiará de sus talentos.

La población de estas aldeas está compuesta por personas de escasa formación intelectual, frecuentemente atenazadas por las redes de una tradición muy arraigada y poco liberadora, por otra parte hombres y mujeres de buena pasta. Esos son nuestros líderes en los barrios, son los alcaldillos de los pueblos, los ministros de la Palabra en nuestras comunidades, los politiquillos de las células de base, los administradores (o estafadores!) de los escasos fondos de los grupos rurales. Yo los llamo, sin ninguna connotación peyorativa, violines de tres cuerdas.

¿Por qué los llamo violines de tres cuerdas?

Un violinista de fama internacional, por otra parte incapacitado por la polio, fue invitado a dar un concierto de violín a personas de exquisito gusto musical en Nueva York. Ya sobre el escenario y a punto de comenzar el concierto, una cuerda de su violín saltó rota.  El violinista no tenía repuesto de violín ni de cuerdas. Las personas de auditorio pensaron que el concierto era ya un fracaso. Pero el violinista se concentró por unos momentos, cabiló sobre las posibles combinaciones de sonidos y del uso de las tres cuerdas restantes y cuando tuvo en su mente hecha la nueva composición de la partitura,  dio órdenes al director para comenzar. Para sorpresa de todos los asistentes el concierto fue un éxito y el público cerró la actuación con un interminable aplauso. El violinista pidió silencio y dijo: Como ustedes han podido ver la tarea del artista es hacer arte con lo que le queda.

Mi tarea es hacer arte con ese sector de la sociedad que me queda, sin lamentarme por no tener personas de grandes talentos. Tengo que dar el concierto con un violín de tres cuerdas. Si el concierto fracasa,  mi tentación es el echar la culpa a las tres cuerdas que me quedaron. Pero las cuerdas no tienen la culpa. Es el artista quien debe concentrarse y buscar el camino para que sus dedos produzcan, con esas tres cuerdas que quedaron,  la obra artística. Ésta, y no otra, es mi misión con las buenas gentes que viven entre los arrozales del noreste de Tailandia.

San Pablo llevó adelante su “concierto” de evangelización en Corinto con violines de tres cuerdas. Por eso pudo decir: “Mirad, hermanos, ¡quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” ( 1 Cor. 1, 26 – 27).

Ángel Becerril.